28 febrero, 2014

Reseña "El muñeco de nieve" de Jo Nesbø

“Pronto llegarán las primeras nieves. Y entonces volverá a aparecer: el muñeco de nieve. Y cuando la nieve haya desaparecido, otra vez se habrá llevado consigo a alguien.”

 
Título: El muñeco de nieve
Autor: Jo Nesbo
Nº de páginas: 496 págs.
Editoral: RBA LIBROS
ISBN: 9788490067628


Cuando uno se acerca a un libro policíaco busca básicamente pasar un buen rato sumergido en una historia intrigante que mantenga el interés, con una trama bien construida, verosímil y personajes cuando menos definidos. Todo lo que aporte de más, pues bienvenido sea.

Hay libros en los que el autor trata de hacernos llegar una idea, su opinión, una denuncia social, y los viste con una investigación policial para despertar el gusanillo del lector y hacer pasar así su verdadera intención. No es el caso de este libro, Jo Nesbø ha querido escribir un libro policíaco y punto.


El Muñeco de Nieve a priori presenta todos los clichés de los thrillers contemporáneos, especialmente americanos. Tenemos a un sádico asesino en serie inmerso en una cruzada personal contra un determinado tipo de mujeres, que utiliza un preciso modus operandi y una original carta de visita: un muñeco de nieve cerca del lugar donde desaparece la víctima. Enfrente se encuentra un policía que parece sacado de cualquier serie B americana: lobo solitario, con problemas con el alcohol, la jerarquía, la legalidad y vida privada complicada (el amor de su vida lo ha abandonado porque, como cualquier buen poli de serie negra que se precie, su vida es su trabajo).  Un tipo duro, a veces violento, pero eso sí, con un interior blandito.

Pero hay más. Estamos ante el séptimo caso del Comisario Harry Hole, personaje creado por Jo Nesbø, un autor noruego que,
como él mismo nos cuenta, hasta los 37 años no encontró su vocación como novelista. Antes dio unas cuantas vueltas, que supongo se las pueden permitir los que nacen como él bajo el signo de la buena suerte, o los que nacen en Noruega. Desde pequeño le interesaron las historias, su madre era bibliotecaria y su padre un narrador nato, de los que deleitan a su familia y amigos con sus relatos, aunque al pequeño Jo lo que le gustaba era reinventar las historias de su padre, y las que leía, añadiéndoles pinceladas macabras y un poco de misterio. Su pasión sin embargo era el futbol, y llegó a debutar como jugador en un equipo de primera división noruega. Pero su sueño de ser profesional en la Premier League inglesa se fue al traste por culpa de una lesión de ligamentos cruzados. Tuvo que cambiar de orientación. Tras tres años en el ejercito entró en la prestigiosa Norwegian School of Economics and Business Administration de Bergen. Allí formó parte como guitarrista de un grupo de música rock, donde terminó siendo el cantante y cogiéndole gusto a escribir canciones. Cuando se licenció se fue a trabajar a Oslo de agente de bolsa. Se aburría, y dedicó cada vez más tiempo a escribir canciones y moverse por el mundillo musical, donde montó un grupo llamado Di Derre, cuyo segundo álbum fue durante años el más vendido en Noruega.

Pero Nesbø no quería que su pasión, la música, dejara de ser un hobby, por lo que se sacó un nuevo título de analista de mercados y terminó firmando con la mayor compañía de correduría. Pasó una década siendo broker durante el día y estrella del pop por las noches, hasta que comprendió que de seguir con ese ritmo le iba a dar un colapso, pidió seis meses de excedencia en su empresa, y a su grupo, y se fue a Australia a desconectar. Lo más alejado que encontró de Oslo. Volvió siendo un hombre nuevo, con las ideas claras de lo que quería hacer con su vida y con un manuscrito terminado bajo el brazo: el primero de la serie de Harry Hole.

A día de hoy ha publicado diez libros con el comisario Harry Hole como protagonista, un par de novelas policíacas independientes y una serie de libros infantiles, dedicados a su hija, con el sugerente título de “Doctor Proctor y los Polvos Tirapedos”. El Muñeco de Nieve es el que le ha dado el reconocimiento mundial, y los derechos de la adaptación cinematográfica parece ser que los ha adquirido Martin Scorsese.

Las primeras páginas de la novela son muy efectivas y nos meten de lleno en la intriga. Pero cuidado, este no es un libro expeditivo. Nesbø escribe con eficiencia, con apenas un par de palabras es capaz de crear una atmósfera, o de transformar un símbolo inocente, alegre y festivo (el muñeco de nieve) en un tótem maligno.


“La nieve del jardín reflejaba suficiente luz como para distinguir desde allí el muñeco de nieve. Parecía tan solitario… Alguien debería ponerle una gorra y una bufanda. Y tal vez el palo de una escoba para que se sujetara. En ese momento, la luna salió de detrás de las nubes. Jonas vio la dentadura negra. Y los ojos. Inspiró aire como por un acto reflejo y dio unos pasos hacia atrás. Se apreciaba un brillo tenue en los ojos de piedra. No miraban solo a la fachada de la casa, miraban hacia arriba. Hacia él. Jonás echó las cortinas y se metió en la cama”

Es imaginativo. A partir de los hábitos reproductivos de las focas Berhaus y unas estadísticas sobre la paternidad en Noruega crea el eje sobre el que gravita su caso. Este recurso, extrapolar comportamientos de animales al género humano, lo suele utilizar con frecuencia. Y hay que resaltar que, aún siendo un buen narrador, quizás por ser un escritor nórdico, o porque el caso es complejo, el hombre se toma su tiempo. Las piezas se van situando en el tablero poco a poco, sin prisas, que estamos en Noruega, llega la época de hibernación y el frío provoca pesadez.

Nesbø asegura que su fin es escribir sobre la naturaleza del mal, y admite que a veces cae en la tentación de dejarse fascinar por el “monstruo”. Por eso quizás sean especialmente notables las páginas en las que nos describe los crímenes, tanto desde el punto de vista de la víctima como del muñeco de nieve. He de confesar que las motivaciones de este último me hicieron temer en un principio que podrían servir al autor para justificar cierta misoginia. Pero Nesbø ha tenido mucho cuidado en que no fuera así, fundamentalmente al demonizar a la contraparte masculina de las relaciones extraconyugales que son el punto central del libro: en los casos en los que las víctimas-mujeres son “culpables” de la falta que les echa en cara el muñeco de nieve, el autor nos muestra más censurable aún al opuesto masculino (pienso en Arve Støp). Y además tenemos a Rakel, la Rakel de Harry Hole, que es también un poquito la Rakel de todos los lectores, a la que comprendemos y perdonamos todo lo que haya que perdonar.



Nesbø disfruta escribiendo. Al igual que el muñeco de nieve está jugando con el comisario Hole, él juega con el lector. Las claves para resolver el caso están ahí, desde el principio, nos las va regalando progresivamente, pero cuidado, que las apariencias son a veces engañosas. El muñeco de nieve es el director de orquesta, y hace a Hole y a sus variopintos compañeros de equipo deambular de un lado a otro a su antojo. Por muy buen rastreador que sea tanto él como nosotros, lectores, dudaremos de todos los culpables potenciales. En realidad, la novela es como el Salto de Holmenkollende, del que nos habla Nesbø. Nos hace subirlo con dificultad, despacio, cada escalón una pista, un indicio, y cuando llegamos arriba, todo es perfecto ¡Triunfo! ¡Ya tenemos al muñeco de nieve!, pero no. Nesbø nos empuja y caemos en picado, en la mayoría de las veces con una excelente escena frenética, llena de acción, que nos obliga a devorar las páginas, para al llegar abajo darnos cuenta que hemos vuelto al punto de partida, nos hemos equivocado. Como Hole, el lector pierde la paciencia y querría también desahogarse con el primer muñeco de nieve real con el que se topara. Pero es esa misma impaciencia la que le hace caer, y a nosotros, una y otra vez en el error. Aún así Nesbø es más benévolo con el lector que con Hole, puesto que, tarde o temprano, todos logramos adivinar la identidad del muñeco de nieve antes que el sufrido comisario.  

Y aplaudo su visión de la culpabilidad en los casos de locura:


“cuanto más viejo soy, más me inclino a pensar que la maldad es maldad, con o sin enfermedad mental. Todos somos más o menos propensos a cometer actos malvados, pero nuestras predisposiciones no pueden librarnos de la culpa”

En resumen, es una buena novela policíaca. Aunque Nesbø no es perfecto. En algunos momentos, al tratar de ser demasiado visual o cinematográfico, obtiene el efecto contrario, y nos resulta difícil representarnos la situación que nos describe (escena final en la casa de Rakel), y en mi opinión podría haber evitado ciertos clichés.

Además, la novela presenta el interés de abrirnos una ventanita a Noruega. Es otra ventaja de leer literatura policíaca, que es un género atrayente y expandido por todo el mundo. Los autores recurren a lo que conocen, su ciudad, su país, su gente, su historia, muchas veces con crítica, otras con ternura. Y es interesante lo que se deja entrever: desde la costumbre de retirase el calzado antes de entrar en cualquier casa, al que sea un Estado con tan poca densidad de población y tantas diferencias lingüístico-regionales, o que siendo el país del mundo con mayor nivel de vida adolezcan de médicos especialistas, y por encima de todo la trivialidad con que se aborda el suicidio. Tal vez por tener aún presente Sukkwand Island, me resultó chocante ver hasta que punto el suicidio parece estar socialmente tan aceptado.


Leí otro libro de la serie para comparar (Petirrojo), que me llamó la atención por estar considerado “mejor libro policiaco noruego de todos los tiempos”. Confirmo que es superior al Muñeco de Nieve, probablemente porque el autor pone más de sí mismo. Petirrojo se introduce en el mundo de los grupos neonazis en los países escandinavos, enlazando la trama con un misterio acaecido durante la segunda guerra mundial, en el que están envueltos varios de los muchos noruegos que cuando Hitler invadió el país se alistaron voluntariamente para combatir en las filas nazis, entre otros el padre del autor. He de confesar, con un poco de vergüenza, que también me sedujo el que fuera el caso en el que conoce a Rakel.

Crítica: Begoña Vázquez de la Torre

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