01 diciembre, 2015

Reseña "Cañas y barro"

La barca deslizábase a lo largo de la Dehesa y pasaban rápidamente ante ella las colinas areniscas, con las chozas de los guardas en su cumbre; las espesas cortinas de matorrales, los grupos de pinos retorcidos, de formas terroríficas, como manojos de miembros torturados. Los viajeros, enardecidos por la velocidad, excitados por el peligro que ofrecía la embarcación arrastrando una de sus bordas a ras del lago, saludaban a gritos a las otras barcas que pasaban a los lejos y extendían su mano para recibir el choque de las ondas conmovidas por la rápida marcha”.

Título: Cañas y barro
Autor: Vicente Blasco Ibáñez
Editorial: La Esfera Cultural
No vi la serie Cañas y barro.
Me acerqué a este libro con curiosidad y temiendo encontrar algo trasnochado, una lectura envejecida. Nada más lejos de la realidad.
Intentaré explicar por qué.

SINOPSIS:

Tonet, el menor de la familia Paloma, saga de barqueros de El Palmar, vuelve de la guerra en Cuba y se reencuentra con Neleta, su antigua novia y amiga de la infancia, que se ha casado con un viudo mayor, gordo y enfermo, el hombre más rico del pueblo: el tío Cañamel. Tonet y Neleta empiezan una relación clandestina vigilados de cerca por la Samaruca, hermana de la difunta esposa de Cañamel, una mujer amargada y rencorosa.
El marido de Neleta muere y le deja su fortuna, siempre que nunca vuelva a unirse a otro hombre. En tal caso, Neleta perdería toda la herencia.
Neleta y Tonet continúan su relación a espaldas del pueblo, pero cuando Neleta se queda embarazada deberán tomar una trágica decisión si quieren quedarse con la herencia.


LOS PERSONAJES

El tío Paloma, el mejor pescador de la Albufera, duro, fanfarrón, orgulloso.
“¿Cuándo se había visto un Paloma con amo?”, “El tío Paloma, pálido de rabia al oír a su hijo, miraba fijamente una percha caída a lo largo de la pared, y las manos se le iban a ella para romperle la cabeza. Se la hubiera roto de ocurrir la rebeldía en otros tiempos, pues se consideraba con derecho después de tal atentado a su autoridad de padre antiguo.”

El tío Toni, hijo del tío Paloma, silencioso, disciplinado, trabajador, sufrido.
“Las mujeres de El Palmar alababan no menos sus sanas costumbres. Ni locuras con los jóvenes que se congregaban en la taberna, ni juegos con ciertos perdidos(...). Siempre serio y pronto para el trabajo, Tono no daba a su padre el menor disgusto”.

Tonet, el Cubano, nieto e hijo de los Paloma, hedonista, holgazán, codicioso: un dechado de virtudes que Blasco Ibáñez no intenta suavizar en ningún momento.
“Pero en la voluntad de Tonet nunca soplaba el mismo viento. La conmovían furiosas ráfagas de actividad y reaparecía después la calma de una pereza dominadora y absoluta”-.”

Neleta, la niña pobre que se enamora de su compañero de juegos, quien la deja por aburrimiento y la busca cuando ya no puede ser suya. Neleta cambia su suerte al casarse con el rico Cañamel y no está dispuesta a renunciar a cuanto tiene, cueste lo que cueste.
“(…) Un relámpago de alegría pasó por sus ojos; pero de inmediato se entenebrecieron, como si la razón reapareciese en ella y bajó la cabeza con gesto huraño e inabordable.
—¡Vés-te’n, vés-te’n! ´murmuró— ¿Es que vols perdre’m?”

El tío Cañamel: “Lo que él tenía era la enfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No había más que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casi ocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje de la grasa. (…). Y Cañamel avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente, con débiles quejidos, sin soltar a Neleta, mientras refunfuñaba contra las gentes que se burlaban de su salud”.

Sangonera, el borracho: “No, Tonet; él no podía trabajar; él no trabajaría aunque le obligasen. El trabajo era obra del Diablo: una desobediencia a Dios; el más grave de los pecados…”)

El pare Miqel: “Decíase que lo habían enviado allí de castigo, pero él parecía tomar su desgracia muy a gusto. Cazador infatigable, apenas terminaba su misa se calzaba las alpargatas de esparto, encasquetábase la gorra de piel, y seguido por su perro, metíase Dehesa adentro o hacía correr su barquito por entre los espesos carrizales para tirar a las pollas de agua”.
Su moral era sencilla: residía en el estómago. Cuando los penitentes excusaban sus
faltas en el confesionario, la penitencia era siempre la misma. ¡Lo que debían hacer era comer más!

La Samaruca: “La antigua cuñada de Cañamel hablaba de esto de puerta en puerta. ¡Se entendían, no había más que verlos! ¡Bueno iban a poner al imbécil tabernero! ¡Entre los dos se comerían toda la fortuna que había amasado la pobre de su hermana!”

La Borda: “… trayendo de allá una niña de seis años, una bestezuela tímida, arisca y fea, que sacaron de la casa de expósitos. Se llamaba Visanteta, pero todos, para que no olvidase su origen, con esa crueldad inconsciente de la incultura popular, la llamaron la Borda”.


Vicente Blasco Ibáñez
El autor de Cañas y barro,
Vicente Blasco Ibáñez 
Nacido en Valencia en 1868, Vicente Blasco Ibáñez ha sido enmarcado en ocasiones entre los escritores de la Generación del 98, otras como un escritor naturalista, a veces como costumbrista.
Prolífico, muestra en algunas de sus obras magníficas descripciones de la huerta de Valencia, de su mar, de la Albufera.
En ellas denuncia la situación social de sus habitantes, la falta de cultura, las condiciones insalubres, las diferencias de clases, las precarias condiciones de vida de los campesinos y pescadores.
Es en este marco referencial en el que debemos abordar la lectura de “Cañas y barro”.
Al menos, así es como yo la abordé, porque no cabe duda de que en ocasiones la distancia temporal, más de un siglo y numerosísimos cambios sociales, hace que su lectura se vea lastrada por un lenguaje a veces arcaico (“Perdióse la bala en el espacio”) o el uso que ya no se considera adecuado de los gerundios, y un exceso de posicionamiento moral (“Pero al enredarse la barca en unas raíces, el miserable, como si quisiera aligerar…”; “Contagiado por la codicia de Neleta…”, “Por fortuna para Tono, no se cumplían los designios del maligno viejo”, “El codicioso tabernero usaba con el mayor aplomo estos recuerdos…”).

En un momento como el actual, en el que la prisa nos domina, el hecho de que una lectura sea muy descriptiva a veces hace que se considere como peor o menos interesante. Y Cañas y barro lo es. Sin embargo, aunque las descripciones de los lugares y costumbres de la Albufera de finales del siglo XIX y principios del siglo XX son detallistas, minuciosas, repletas de colores, sabores y olores, no son tan morosas como para desear pasar por encima.
Al contrario, a través de ellas he podido retrotraerme a una época, una sociedad, un lugar que no conocía y tal vez en ello resida la atracción que ha despertado en mí.
Los animales que pueblan la Albufera: fulicas, pollas de agua, patos, tencas y anguilas, fochas y collverts, agrós, morells, piulós y lubinas.

Las artes de pesca: desde el artificio de los redolíns a la simple brutalidad de la fitora.
Las barracas: “En el centro ardía un fogón a nivel del suelo: un pequeño espacio cuadrado con orla de ladrillos. Enfrente el banco de la cocina, con una pobre fila de cacharros y antiguos azulejos.”
Las costumbres: la Demaná, los albaes, las tiradas, el sorteo de los redolins.
Las enfermedades: las fiebres tercianas de los arrozales, el alcoholismo, la insuficiencia cardiaca del tío Cañamel.

Pero estas cuestiones (arcaísmos, posicionamiento ético, preciosismo en las descripciones) no han conseguido que disminuyera en mí el interés de una lectura vívida y con nervio. No en vano, Cañas y barro se editó como una novela por entregas, en la que cada capítulo tenía que captar la atención del lector para que aguardara con avidez la siguiente entrega.

En Cañas y barro destaca la potente historia de pasiones fácilmente reconocibles e intemporales: la lucha por la supervivencia en un mundo mísero, el orgullo, el choque generacional, el amor, el deseo, la codicia, la fuerza de voluntad.

Los personajes, quizá sean algo monolíticos, pero están llenos de fuerza. No puedes odiarlos por muy despreciables que sean, porque en ellos laten pulsiones tan humanas que te hacen vibrar: el coraje del tío Toni, la abnegación de la Borda, la crueldad del tío Paloma, el egoísmo de Tonet y Neleta, la lujuria de Cañamel. El borrachín de Sangonera, el pare Miqel, bronco y cazador, Samaruca, la resentida.
Quizá Neleta sea el único personaje que experimenta cambios significativos en su carácter, algo de agradecer entre tantos personajes arquetípicos. Me quedo con los cambios en el brillo de sus ojos, que definen sus estados de ánimo.

Otra de las bazas de Cañas y barro, tal vez la mayor, es el lenguaje, que Blasco Ibáñez maneja de forma certera, trufándolo de frases y expresiones en valenciano, que aportan la cercanía necesaria para que los personajes cobren vida.

“Se asomaban a la puerta con paso vacilante, pues los más de ellos estaban ebrios después de haber comido con los cazadores.
Sangonera, Fill meu! Com estás?
Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de inmundicias en que se revolvía el enfermo”.
“Tonet mostrábase inquieto.
Che…! No feu el porc… decía a sus amigos con acento paternal”.

En resumen, Cañas y barro es, en mi opinión, una novela que discurre a veces lenta, como el agua entre los cañizares de la Albufera, a veces fluida y tempestuosa, como las noches de buena pesca en los redolins.
Un novela digna de ser leída y disfrutada.


Reseña: +Ana J. 


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